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Ennio Morricone, uno de los músicos más admirados y premiados del mundo del cine

El legendario compositor italiano, Ennio Morricone, uno de los músicos más admirados y premiados del mundo del cine, falleció en Roma a los 91 años, informó la prensa italiana este lunes, citando a allegados de la familia. Estaba hospitalizado en una clínica de la capital italiana tras haber sufrido una caída en la que se fracturó el fémur, según las mismas fuentes.

Ennio Morricone falleció “el 6 de julio reconfortado por la fe”, dijo en un comunicado, el abogado y amigo de la familia Giorgio Assuma, citado por la prensa. Se mantuvo “totalmente lúcido y con una gran dignidad hasta el último momento”, agregó el comunicado.

Compositor de la banda sonora de decenas de películas, entre ellas “El bueno, el feo y el malo”, “Cinema Paradiso” y “La misión”, en 2016 recibió su primer Óscar, por la película “The Hateful Eight” (“Los odiosos ocho” o “Los ocho más odiados”), de Quentin Tarantino. En 2007 ya había recibido un Óscar honorífico por su abundante y elogiada carrera musical.

Hace exactamente un mes Morricone fue galardonado, junto al también compositor John Williams, con el premio Princesa de Asturias de las Artes en España.

Una sinfonía para el mundo: La 9na de Beethoven Documental de Christian Berg


Estreno 26 de junio

ARG/URU 21:00
BOL/PAR 20:00
COL/ECU 19:00

En este documental de Christian Berg se entrelazan siete historias con un denominador común, una de las obras cumbre de la música a lo largo de la Historia: la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven (1770-1827). Entre los protagonistas de estas historias se cuentan el compositor chino y ganador de un Oscar Tan Dun, el compositor inglés Gabriel Prokofiev y el director grecorruso Teodor Currentzis, entre otros, quien no duda del significado de esta sinfonía: «Si alguien viene de otro planeta y preguntara cuál es la esencia de la civilización humana, lo mejor sería tocar la Novena Sinfonía. Es una prueba de la civilización humana». En 1817 la Real Sociedad Filarmónica de Londres le encargó a Beethoven la composición de su Sinfonía n.o 9. Casi 200 años después, la misma institución le encomienda el Concierto Coral: Nine al compositor chino Tan Dun, una obra basada en la Novena de Beethoven. El documental acompaña al compositor chino en el desarrollo de su composición y, a la vez, viaja a otros lugares del mundo siguiendo las huellas de la sinfonía. Por ejemplo, al Festival de Salzburgo, donde el director Teodor Currentzis y su orquesta rusa MusicAeterna presentan sus audaces interpretaciones. Mientras, en el Congo, la Orquesta Sinfónica Kimbanguista aborda la obra bajo condiciones más difíciles. La ciudad japonesa de Osaka espera con ansia la presentación de la Novena de Beethoven con un coro de 10.000 cantantes bajo la dirección de Yutaka Sado. En Barcelona, niños y jóvenes sordos sienten la música junto con el músico sordo Paul Whittaker y los componentes de la Orquesta de Cámara Mahler. En una favela de São Paulo, en Brasil, la Orquesta Juvenil Sinfónica Heliópolis trabaja en la Novena. Y el compositor y DJ Gabriel Prokofiev explora nuevos caminos con su Beethoven 9 Symphonic Remix, que presentará en el Festival de Beethoven de Bonn.

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Hacete a un lado, Ludwig…pero no muy lejos

En un principio los Beatles se erigieron como una de las fuerzas más disruptivas de la contracultura en los sesenta. Pero ¿qué pasó con ellos cuando Paul McCartney descubrió la música clásica?

Por Federico Martínez Penna*

Si fuera capaz de imaginar y visitar un paraíso fantástico, en una dimensión extraordinaria, donde pudiera existir una virtual relación íntima entre los Beatles y Ludwig van Beethoven, seguramente ingresaría con el pie izquierdo. La sola idea de pensar en cuatro jóvenes ansiosos de la clase trabajadora de una ciudad portuaria, sentados a la mesa junto a uno de los compositores más celebrados es inaudita. No en términos personales, siendo que se podría unir varios puntos de las historias de disfuncionalidad familiar entre Beethoven y Lennon. Pero está claro que en algún momento de la cena imaginaria, sonaría alguna bravuconada en inglés cockney y muy anti establishment del tipo, “los del palco pueden sacudir sus joyas”, que destruya por completo el ambiente de paz. Aunque de ahí a que la humorada llegase con claridad a los frágiles oídos de Beethoven, hay otro camino.

En la actualidad la música académica lleva una extraña relación con el rock. Hay por un lado sucesos brillantes que se salen de la norma, pero muchas veces el resultado es un negocio transaccional; en favor de la validación intelectual con la que varios rockeros sienten que una orquesta de cámara (o un teatro centenario) pueda revestir a sus obras.
Pero en un principio todo era distinto, y rara vez estaba permitido cruzar de vereda: “El rock era real, todo lo demás era irreal”, dijo John Lennon alguna vez. “Fue lo único que me llegó al alma, y no había pensado en la música como modo de vida hasta que me topé con el rock”.

Ese rock con nombre propio era el que encallaba en las costas inglesas a través de las radios y el intercambio marítimo con Estados Unidos: Elvis Presley, Carl Perkins, Eddie Cochran, Buddy Holly, Little Richard y, por supuesto, Chuck Berry.
Aunque este último sería el improbable eslabón perdido capaz de juntar a los Beatles y a Beethoven en una misma sala y con una canción. “Roll over Beethoven” es lo que se va a escuchar de nuevo hoy.

“Yo quería tocar blues”, le comentó Berry en una oportunidad a la revista Rolling Stone sobre su relación con la música de raíz y su propio contexto íntimo. “Pero no era lo suficientemente blusero. En mi casa había bastante comida”. El músico había imaginado la canción como un reclamo hacia su hermana Lucy, que se pasaba todo el día tocando música clásica en el piano familiar. Pero en un acto de astucia y modernidad terminó desviando la queja hacia los presentadores de radio y disc jockeys, introduciendo al mismo tiempo ese meta texto como recurso novedoso para una canción pop. Era a ellos a quienes les pedía que pongan un disco con ritmo rockero: “Pasémosle por encima a Beethoven, quiero escuchar mi música de nuevo”.

El single se editó en mayo de 1956, e insólitamente de este lado del ecuador se tradujo como “Roll sobre Beethoven”, licuando el fuerte significado original: un estallido de principios de juventud que parecía decir, “Llegamos. Empieza nuestra era. Únanse a nosotros o sufran las consecuencias”. El mensaje profundiza su bravura si consideramos que su autor era negro, y que por entonces ascendía popularmente en tiempos todavía cáusticos de la segregación racial americana. Quizás por eso hasta suena curioso que, de todos los compositores de época, Berry haya apuntado direccionalmente contra Beethoven, cuyo origen étnico sigue hoy siendo sujeto de las más disparatadas conjeturas, que se elaboran usualmente a partir del entretejido de la polirritmia africana en algunas de sus composiciones. “Pasémosle por encima a Beethoven, y que Tchaikovsky se entere también”.

El eco del fervor jubiloso no tardaría mucho en hacer efecto. Siete años más tarde, del otro lado del atlántico, los cuatro expatriados de Liverpool en Londres encontraban a “Roll Over Beethoven” como una forma de encapsular la voz de una nueva rebeldía. “Chuck Berry es uno de los grandes poetas de todos los tiempos, un poeta del rock. Se adelantó mucho a su época. Todos le debemos mucho, inclusive Dylan”, dijo John Lennon sobre el padrino del género. “De buscar otro nombre al rock & roll, debería llamarse Chuck Berry”.

Sin embargo, la historia de cómo los Beatles terminaron por grabar “Roll Over Beethoven” en julio de 1963 no tiene grandes ribetes anecdóticos. En cambio, lo que sí adquirió con el tiempo fue una simbología de contradicción a la luz de la madurez creativa de sus intérpretes. Si en un principio buscaron con aquel himno rabioso hacer a un costado todo rastro de orden tradicional, fue justamente la música académica la que funcionaría en un futuro como vector imprescindible de algunas de sus más recordadas piezas.

George Martin resultó el actor fundamental en aquel libreto. Tal como lo describe el crítico Stephen Thomas Erlewine, “la relación entre el productor y los Beatles fue tan ideal que parece escrita en las estrellas”. La especialidad de Martin era potenciar las cualidades del artista más que dictar su propio estilo sobre ellos; algo que en la actualidad parece una obviedad pero para entonces se trataba de un acto innovador. Y por encima de aquella metodología, el productor sabía cómo decodificar el lenguaje clásico en un contexto popular. Su formación en el piano y el oboe le abrió las puertas a una prominente carrera de producción orquestal para EMI durante los años cincuenta, que más tarde abandonaría en favor de trabajar con grupos modernos. A su vez, en los estudios que el sello tenía en Abbey Road (y que en no mucho tiempo se transformarían en el bunker Beatle por excelencia), solían grabarse hasta dos óperas en simultáneo.
Por ese motivo, las instalaciones eran también privilegiadas para los proyectos que la Orquesta Sinfónica de Londres hacía por encargo, en los que sus técnicos -al estar en la misma nómina corporativa- terminarían por asistir a los Beatles. Uno de ellos, el histórico ingeniero beatle Geoff Emerick, grabó durante principio de los sesenta la ópera Cosi fan tutte con Elisabeth Schwarzkopf y El barbero de Sevilla con Victoria de los Ángeles, además de participar en sesiones dirigidas por directores del calibre de Sir John Barbirolli y Otto Klemperer. Sobre el último mencionado, Emerick presenció más de una vez sus tan características explosiones de temperamento, como fulminar con miradas venenosas y gritos a músicos que no se volcaban completamente a la performance exigida.

Puede decirse entonces que tal vez por ósmosis, el maridaje Beatle-clásico era algo que eventualmente tenía destino de ser.
Primero fue la aparición de un adusto cuarteto de cuerdas en “Yesterday”, para Help! de 1965. Paul McCartney se despertó una mañana con la melodía en su cabeza, y al presentar la idea en el estudio al resto de sus compañeros desde una solitaria guitarra acústica, tanto John como Ringo y George no vieron forma de integrarse. “Tocala solo”, dijeron a coro. “No podemos aportarle nada”, a lo que George Martin sugirió componer un arreglo para cuerdas. McCartney aceptó, no sin algo de renuencia: “No quiero nada en el estilo de Mantovani”.

Tímidamente los Beatles crecían en ambición, ayudados en gran parte por la el espacio de tiempo y logística recuperado de las giras que en breves dejarían atrás. Rubber Soul, también de 1965, definía el sonido de la época: imaginaba al mismo tiempo las inflexiones de The Byrds, como de Bob Dylan y la escena del folk de Greenwich Village y, en simultáneo marcaba el compás creativo de contemporáneos como Brian Wilson y los Beach Boys. Pero el sexto álbum de los de Liverpool también reveló nuevas inquietudes. No es solo el sitar de George Harrison en “Norwegian Wood” la muestra más clara de la capacidad de los fab four en incorporar lenguajes novedosos a la música pop. Es en la coda de “In my life” donde la audacia es conducida por un instrumento con timbre de clave, que era en realidad un piano tocado por George Martin y que, con el recurso de acelerar la cinta, evocaba los timbres altos de las interpretaciones de Glenn Gould sobre las icónicas Variaciones Goldberg de Bach.


Claro que no sería la primera vez que Bach se integraría al léxico beatle. Para “Penny Lane”, Paul crearía el solo de la trompeta piccolo a partir del concierto brandenburgués N° 2 que habría visto en televisión, y que tendrían al mismo David Mason ejecutando la partitura. Cómo se habrán dado los hechos que un impresionado Martin empujó en más de una ocasión y sin mucho éxito a McCartney a escribir su propia sinfonía para una orquesta a gran escala. Aunque el asunto se revertiría en 1991 con su Liverpool Oratorio, realizado junto al compositor Carl Davis que, tanto por la tenue recepción de la crítica y por la salud narrativa de este análisis, mejor dejarlo donde está.

Unas cuantas décadas antes, Revolver haría que las evocaciones clasicistas se vuelvan más explícitas: un clavicordio en el que Paul tocó “For No One”, que decora en su segunda estrofa con el solo de trompa de Alan Civil, la experimentación dodecafónica del mercurial “Tomorrow Never Knows” y, por supuesto, “Eleanor Rigby”. Hasta entonces los Beatles no habían hecho una canción enteramente orquestal, y menos aún lanzada como single. Fue gracias a Las cuatro estaciones, de Vivaldi, que Paul escuchó por su novia de entonces, Jane Asher, lo que funcionaría como catalizador principal en el armado del primer single de Revolver. A través de una composición en fuga dirigida por George Martin, el mismo cuarteto que había tocado en “Yesterday” fue nuevamente contratado junto con otras cuerdas. Aunque este se trató de un desafío nuevo, de alternancias entre la exposición y el contrapunto del estribillo, con una armonía perfectamente sincronizada entre McCartney, Lennon y Harrison. Mirar a toda la gente solitaria resuena con un eco todavía más heroico si se tiene en cuenta que Paul nunca había podido leer o escribir partituras.


Así como un productor alcanza la comprensión del uso de un estudio de grabación como instrumento, los Beatles entendieron los arreglos orquestales de la misma manera. Para entonces McCartney ya había desarmado la trama avant-garde de Karlheinz Stockhausen y John Cage -el primero notablemente homenajeado en la tapa de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de 1967- y sus ideas serían centrales para los quiebres más dramáticos de “A day in the life”. Alrededor de la creación de Pepper fue que McCartney presenció varias lecturas del compositor y director italiano Luciano Berio, con quién coincidió en su amor por Stockhausen. Sus caminos creativos se cruzarían inclusive en 1968: Berio estrenaba su obra Sinfonia, el mismo año que los Beatles lanzaban el álbum blanco. La sincronía entre ambos fue tan particular que basta darle play a la primera para dar cuenta de la sorprendente similitud con “Revolution 9”, aquel collage experimental dirigido por Lennon, Yoko Ono y George Harrison que deforma porciones de algunos trabajos de Schumann, Sibelius y, quién otro si no, Beethoven.


Aquella fuente de ideas se expandiría en paralelo a la bifurcación de las rutas personales de los cuatro Beatles, quienes en plena turbulencia decidieron simplificar sus esfuerzos en Let it Be y Abbey Road. Aunque no todos captaron el mensaje: el productor Phil Spector, aplicando sus orquestaciones barrocas en el que sería el último disco, terminaría por estallar los últimos fusibles de un ofuscado McCartney que expuso aquel hito como uno de los puntos claves de su dimisión al cuarteto en 1970.
“No lo hagas nunca más”, le dijo Sir Paul a Allen Klein, su manager de entonces, en referencia a aquellos arreglos que Spector agregó sin autorización. Y quién sabe, quizás hasta le agregó en voz baja, “No tengo nada para perder. Pasale por encima a Beethoven, y que Tchaikovsky se entere también”.

  • Periodista colaborador de la revista Rolling Stone y Billboard.

Programa de colaboración Italia-CABA

Lanzamiento: Lunes 18 de mayo, 20:00h


Nacida a partir de una reflexión conjunta con el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, la iniciativa Puente cultural Italia-Caba es un proyecto innovador de colaboración cultural (orgánica) enteramente pensado para la modalidad online, para permitir la continuidad del intercambio entre instituciones culturales  y artistas de los dos Países.  En una época de distanciamiento social que afecta de forma particular al mundo de las artes, sentimos que nuestro  objetivo es reinventar modalidades de producción y consumo de la cultura que puedan ser lo más inclusivas posible, tanto para los artistas como para los diferentes públicos. 
Hoy se requiere un esfuerzo extraordinario de todos los actores de la escena cultural, una movilización de fuerzas creativas y de energía fuera de lo común para adaptarse a un contexto profundamente modificado, en el que escasean los recursos económicos pero que mantiene viva la necesidad de cultura, de intercambio y de colaboración.
El lanzamiento de la iniciativa prevé un programa para trazar un primer mapa de posibles acciones de colaboración entre ciudades italianas y argentinas, que hoy se inicia con un focus sobre la ciudad de Milán, que nos ofrece, gracias a la generosidad de la Orquesta Verdi  de Milán, un maravilloso doble concierto con música de Vivaldi y de Piazzolla, difundido desde la plataforma Cultura en casa de la Ciudad de Buenos Aires. Asimismo, en el marco de este intercambio, en nuestras redes sociales y plataformas serán programados los siguientes eventos culturales puestos a disposición por el Ministerio de Cultura de la Ciudad: «Madre Coraje» de Bertolt Brecht, dirigida por José María Muscari presentada por el Teatro San Martin, y la Final del Mundial de Tango 2019.
El proyecto anhela ir más allá de la sola difusión de contenidos compartidos entre Italia y Argentina, proponiéndose como meta nuevas producciones ideadas conjuntamente para la nueva escena virtual, proyectos a definir e inventar a la espera del deseado retorno a ese intercambio físico de los espacios y de las emociones que genera la cultura en vivo. 

Contra viento y marea

Todo se canceló al llegar la pandemia de coronavirus. Solo el Festival de Salzburgo dudó en tomar una decisión. Eso ahora parece haber valido la pena, y podría haber un festival en Salzburgo este año, si el programa de aniversario también se pospone.

El Festival de Salzburgo podría tener lugar a pesar de la pandemia del coronavirus. La dirección del Festival escribió en un comunicado de prensa: «El Festival modificado parece posible». La administración del festival está respondiendo al anuncio del gobierno federal austriaco el viernes 15 de mayo de 2020, de que los eventos en agosto podrían ser posibles para hasta 1,000 espectadores. Aunque las condiciones exactas aun no son claras, según el anuncio, «después de largas semanas sin experiencias en vivo, los artistas puedan invitar nuevamente a la audiencia a compartir experiencias artísticas». Lo que será exactamente posible solo puede decidirse después de que se hayan emitido las regulaciones específicas. En particular, era necesario aclarar las condiciones bajo las cuales los ensayos escénicos y las actuaciones de orquestas y coros serían posibles. El extenso programa planeado para el centésimo aniversario se pospondrá hasta 2021, dijo el jefe de estado Wilfried Haslauer a la agencia de prensa alemana DPA. Pero es seguro que habrá actuaciones de «todos» nuevamente este año. «Todos son parte de Salzburgo», dijo Haslauer.

El coro y la orquesta sinfónica de la Radio Bávara y la Orquesta de Radio de Munich

Las salas de conciertos aún están cerradas debido a la pandemia de la corona, pero los músicos del coro y la orquesta sinfónica de la Radio Bávara y la Orquesta de Radio de Munich se pueden encontrar el 24 de mayo en el Estudio 1 de la BR para actuaciones que podemos ver por usted en la televisión, en Radio y transmisión de video: ¡un símbolo que suena para la cultura y su significado en tiempos de crisis! Además de las orquestas de la BR, puede experimentar la soprano Regula Mühlemann, el barítono Christian Gerhaher y la violinista Lisa Batiashvili como estrellas invitadas. ¡También ofrecemos música en vivo de nuestros estudios los viernes y lunes!